Observatorio

El mito de Klaus Kinski

Daniel Valdivieso columnista de historiaycultura.cl

Cierro el libro Yo necesito amor de Klaus Kinski después de leerlo por segunda vez con la sensación de haber leído un gran libro, pensando que Klaus Kinski no sólo fue un tremendo actor, sino también un excelente escritor. O que al menos el escritor fantasma que estuvo tras sus memorias hizo un trabajo notable, que consiguió dar cuenta de la vida del actor con un desparpajo,  insolencia y fiereza pocas veces conseguidos en un libro autobiográfico, creando una obra que no tiene nada que envidiarle a otras del mismo corte de renombrados escritores, clásicos del realismo sucio, como Louis-Ferdinand Celine, Charles Bukowski, o Henry Miller.

Yo necesito amor
es un libro que entretiene y conmueve, que golpea por su crudeza en el relato de las miserias que vivió el autor en su infancia en el Berlín del período de entre guerras, junto a un padre pusilánime e incapaz de protegerlo a él, a sus hermanos y una madre desdentada y prematuramente envejecida, por los oficios inhumanos que se ve obligada a hacer para sobrevivir y alimentar a sus hijos; un libro que tiene episodios hilarantes que cuentan pasajes de la vida profesional del actor y las relaciones de éste con actores, directores, actrices y productores de la industria cinematográfica de su época y el particular punto de vista de Kinski acerca de la industria y sus pares. Kinsky es un observador crítico de su entorno artístico, lo que lleva a que resulte un desafío para los directores que lo querían en sus películas.

 

Herzog y Kinsky becuo.com

Ya que a pesar de su gran ego, el actor tenía plena conciencia de cuál era su rol dentro de “ese mundillo”. No se creía fácilmente la sensibilidad del creador para el que trabajaba, sino que lo criticaba y juzgaba sin piedad. Especialmente notables resultan los pasajes referidos a las grabaciones que realizara junto Werner Herzog, director alemán con quién trabajara en sus películas Nosferatu, Aguirre: la ira de Dios, Woyzeck, Fitzcarraldo y Cobra verde. Filmaciones siempre al borde del caos y el enfrentamiento entre el director y el actor.

«Herzog es un individuo miserable, se me pega como una mosca cojonera, rencoroso, envidioso, apestoso a ambición y codicia, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y un farsante de la cabeza a los pies. Su supuesto “talento” consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción de su penosa carrera de supuesto cineasta”

También resultan sorprendentes por la lucidez del actor las partes referidas a su forma descreída de enfrentarse a su trabajo, como un desvergonzado del oficio  “Soy una prostituta. Hago esta basura por el dinero, nada más». Y por supuesto los interminables pasajes que hablan sobre su vida personal, su adicción al sexo, su tendencia a vivir en los límites, que golpean por su brutalidad y desenfado, que molestan, agreden y escandalizan al lector.

“El dinero me lo gasto en las putas de Marsella. Aunque esas chicas no pueden permitirse hacer distingos y joden con tipos de todas las razas, venidos desde todos los rincones de la tierra sin duda aquejados de todas las enfermedades imaginables, no solo me las follo sin condón, sino que también les hago mamadas. Sé que es un comportamiento irresponsable. Pero quiero amarlas, quiero que sientan que las amo y que necesito amor. Que estoy enfermo de sed de amor”


Y es que si algo puede decirse de las memorias del actor es que no dejan indiferente a nadie que las lea, como tampoco hacía con el espectador su forma de actuar. Quizás ese sea el mayor mérito de las memorias de Klaus Kinski, que tienen la capacidad de sacudirnos en tiempos en que ya no es fácil estremecer al lector y que desde un comienzo se muestra como una invitación abierta a realizar un viaje sin filtro a través de la vida, obra y la mente de uno de los artistas más excéntricos y controversiales de la historia moderna. Un viaje al corazón del mito que se generó en torno a su figura y que él terminó de cimentar con sus memorias.

Uno de los aspectos sobre el que se levanta la leyenda de Klaus Kinski es que es uno de los más grandes actores del cine que no tuvo educación formal de actor. Un actor de un innegable talento y carisma, intuitivo y salvaje en la forma de enfrentar su trabajo, que comenzó a actuar buscando sobrevivir al finalizar la Segunda Guerra mundial,  porque era mejor ganar dinero y sobrevivir actuando que trabajando en algunos de los oficios miserables que había llevado a cabo durante su vida, cobrando fama con los monólogos que hiciera de William Shakespeare y del prócer de los poetas malditos, François Villon, que interpretaba con una pasión declamatoria poco tradicional a los estilos dramáticos de las generaciones de actores anteriores. Sobre esto es interesante acotar que en ausencia de una escuela teatral, el actor llevó sus mismas experiencias de vida a la actuación y a través de ellas logró construirse como actor y enfrentarse a su trabajo, sin conseguir nunca cerrar del todo las puertas de su vida personal a los demonios propios del oficio actoral,  cargando muchas veces con las duras experiencias emocionales de sus personajes en su propia vida con consecuencias insanas y dramáticas, como contó en varias de sus entrevistas y en sus memorias. 

“Ahora, hoy, prefiero personalmente ser pobre, pero sin pesadillas y sin manías persecutorias, sin el martirio de la encarnación incesante y consciente. ¡Ojalá pudiera hacerlo!, ¡Ojalá dependiera de mí! ¡No quiero ser actor! ¡Quisiera no haber sido nunca actor! ¡Quisiera no haber tenido nunca éxito! Hubiera preferido ser una puta callejera y vender mi cuerpo, antes que vender mis lágrimas y mis risas, mi tristeza y mi alegría”


Si algo han dicho quienes tuvieron trato con Kinski durante su larga carrera actoral, es que por momentos no parecía existir una  clara separación entre el estado de perturbación permanente en el que parecían moverse la mayoría de los personajes interpretados por el actor y su modo de ser en la vida real; como si su carácter temperamental e irascible, depresivo, agresivo y excéntrico, dominara los dos ámbitos de su vida, en la pantalla y fuera de ella, lo que le hizo ganarse más enemigos que amigos en el mundo del cine. Ahí está una de las claves para comprender la personalidad del actor y la creación de su mito, porque la figura de Klaus Kinski no sólo representa una escuela actoral casi extinta, esa que no separa vida de arte y arte de vida, y una vida llena de escándalos, sino también la devastación del período de entreguerras, la locura de un tiempo y los traumas de las generaciones que vivieron la Segunda Guerra Mundial, después de la que no volvería a saber de sus padres y tampoco de la mayoría de sus hermanos. Klaus Kinski, al igual que sus personajes, se construye sobre los traumas de su generación, sobre las experiencias límites que vivió, sobre la realidad a la que se vio enfrentado durante toda su vida y de la que no pudo escapar ni siquiera con la llegada de la fama, el reconocimiento y el dinero.

Lo interesante de Yo necesito amar es que en él libro están las claves de la gestación de la personalidad de Klaus Kinski, de su ira vital y su forma violenta de enfrentarse a su arte. En la lucha por la supervivencia diaria de su niñez, en la sobrevivencia a la guerra y al holocausto. En el desprecio por los hombres de las artes por parecerles unos presuntuosos que poco y nada sabían de la vida. La experiencia vital es la que le permite a Kinski enfrentarse al trabajo de actor casi como un súper hombre, un ser capaz de interpretar las profundidades del alma humana y sus temores, ya que los ha conocido de cerca y los ha terminado por hacer suyos. Uno puede criticar con justa razón los actos que Klaus Kinski cuenta en su libro (entre ellos haberse acostado con su hermana y su madre). Incluso los que olvidó contar (haber violado durante años a su hija Pola)  desde un punto de vista moral, pero no hay que olvidar que Klaus Kinski  se forjó en la guerra y se enfrentó a miserias que pocos de nosotros nos hemos enfrentados, que es hijo de la guerra, (y huérfano a partir de ella), el momento en que el hombre pierde la moralidad,  en que la sobrevivencia parece justificarlo todo y el ser humano vuelve a su instinto primario y todo es válido para seguir viviendo.

No es de extrañar que Klaus Kinski se haya convertido en un ícono de su época, que sin quererlo sus personajes hayan representado a tantos otros hijos de su generación que tuvieron vivencias de época muy similares a las suyas y que a más de veintitrés años de su muerte muchos de los que no alcanzamos a ver sus películas mientras estuvo vivo sepamos quién fue y conozcamos su leyenda.

Resulta casi natural el que su figura rebelde y provocadora siga siendo recordada y admirada hasta hoy en día, en estos tiempos en que carecemos de íconos artísticos y en que la figura del ícono parece haberse desplazado desde hace décadas al mundo del deporte y de las estrellas de la música. Klaus Kinski es el ejemplo perfecto de un artista que trascendió a su arte, al teatro y al cine de su época y se convirtió en leyenda, en un ícono del artista maldito, lo que lleva a que su nombre sea hasta el día de hoy  sinónimo de rebeldía y escándalo.