Observatorio

Jacques Le Goff, in memoriam.

Luis Rojas Donat. Universidad del Bío-Bío

Se ha ido un gran medievalista. Hablar algo sobre él es francamente difícil, pues los aportes que hizo al conocimiento de la historia de Occidente fueron muy variados. Hay tantas áreas donde uno podría dedicarle unas páginas más a las muchas que ya se han escrito, antes y después de su muerte. Escojo tres aspectos, como podría hacerlo con muchos otros.

Contacto personal

En 1991 tuve con él un brevísimo contacto epistolar (con carta física, como entonces era la única manera de contactar desde Chile a un historiador europeo), a propósito de la creación que yo iniciaba de la Sociedad Chilena de Estudios Medievales y su Coloquio en Chillán. Le solicité una carta de apoyo a esta iniciativa inédita en Chile, a lo cual respondió muy escuetamente, pero respuesta al fin. Con todo, no era cualquier respuesta, puesto que era entonces uno de los grandes, de los más grandes, como Georges Duby, el que respondió a este mismo llamado no solamente con una larga nota, sino muchas otras que siguieron en los años venideros.

Al año siguiente, tuve el privilegio de viajar a Paris, momento en que logré ubicar el teléfono del historiador para solicitar una brevísima entrevista y tomarme una foto con él. Dado que en el mundo universitario europeo se acostumbra a fijar una entrevista con antelación, mi llamado habría de resultar una informalidad irrespetuosa. Aun a riesgo, insistí ante la voz de la secretaria que respondió a mi llamado diciéndole que venía de Chile, y a eso se debía tamaña informalidad. El profesor estaba muy ocupado, respondió, y no podía recibirme ni ese día ni al siguiente. Comprendí dos cosas: primero, era un intelectual extraordinariamente solicitado, y segundo, no sabían de qué parte del mundo venía, porque desde el punto de vista intelectual, para los europeos Sudamérica era entonces Argentina o Brasil. Chile era conocido solamente por la figura de Pinochet.

Algunos aspectos personales

Estaba muy debilitado en sus últimos años. Era un hombre muy corpulento, que se desplazaba con dificultad, y por tal razón, rara vez abandonaba su hogar. Además, el fallecimiento de su esposa polaca en 2004, su gran compañera, fue un durísimo golpe que lo afectó mucho. Escribió en 2008 un libro autobiográfico titulado “Avec Hanka”, poco conocido en el ámbito hispanofónico al no haber traducción española. Comparable al escrito casi veinte años antes, en 1991, por Georges Duby, L’histoire continue” (“La historia continúa”, Debate, 1993), este texto de Jacques Le Gofftiene extraordinario valor para la historiografía, puesto que se despliegan sobre sus recuerdos muchos grandes historiadores occidentales como orientales, las corrientes entonces en boga y sus transiciones, los quiebres y las continuidades.

Hijo de un padre anticlerical, incluso antirreligioso, y de una madre católica muy devota, Jacques Le Goff fue en su niñez un católico practicante, aunque después se hizo agnóstico. A pesar de algunas declaraciones que le valieron la repulsa de algunos intelectuales católicos, yo tengo la impresión de que fue un hombre muy respetuoso del cristianismo en su estudio de la Edad Media, y en general habló bien de la Iglesia, aunque ella haya sido, desde el medievo, causante de muchas polémicas. Admitió siempre que la cultura medieval estaba intrínsecamente fundada en la Sagrada Escritura, el único referente para toda la civilización del Occidente medieval, como puede apreciarse en ese pequeño libro-entrevista titulado El Dios de la Edad Media (2003). Admirable su conocimiento de cuestiones doctrinales de profundo sentido teológico.

Nueva mirada a la economía medieval

Desarrolló una línea de investigación que me parece destacable. Se trata de la economía medieval, un área que, impulsada por la irrupción del marxismo en los estudios históricos, solía estudiarse desde el punto de vista economicista, técnicamente hablando, con listas de precios, tendencias, gráficos, índices de productividad, etc., y por cierto, intentando demostrar la opresión que una minoría pequeñísima de terratenientes impuso sobre la inmensa mayoría de campesinos hambrientos. Le Goff nunca rechazó esta mirada material a la civilización medieval, pero fue especialmente crítico con el examen ideológico que solía acompañar a algunos estudios sobre la economía medieval. “Marxismo vulgar” acostumbraba a decir cuando advertía la utilización política del método del materialismo histórico.

Espigando en sus trabajos, parto por uno de los primeros trabajos Mercaderes y Banqueros de la Edad Media. Es un libro que todo medievalista ha leído, bien escrito, preciso, donde se enseña a que la Edad Media engendró una nueva categoría social, el mercader-banquero, oficios ambos inseparables. En sus traslados, el mercader debía cambiar el dinero pidiéndole al otro que lo comprobara, actividad cambiaria que recibiría su nombre, precisamente, del mostrador donde se instalaban (banco, en italiano). Estos cambios de dinero permitían especular dadas las diferencias de cotizaciones. Sin duda, con el aumento del comercio, los riesgos de trasladar el dinero consigo, hicieron posible la creación de letra de cambio, la antecesora de nuestro cheque. Se trata de un préstamo de un mercader a otro de una suma de dinero que le será entregada posteriormente y en otro lugar, generando a su vez operaciones de intercambio, pues las letras se vendían, revendían, se cambiaban. Todo ello fue muy bien tratado en el libro que comento, que dicho en otras palabras, estudió los gérmenes de la burguesía medieval y su mirada ante la realidad: el pre-capitalismo.

El aspecto que a mí, en lo personal, me ha producido mucha fascinación es el problema de conciencia que surge de estas nuevas realidades en una sociedad que tiene al cristianismo como fundamento. Se trata del nacimiento de la conciencia individual, de la noción de pecado y, finalmente, el nacimiento del Purgatorio. Me resulta curioso que este tema, interesándome tanto, lo conozca de manera genérica, y no lo haya estudiado adecuadamente en mis cursos.

Varios libros de Le Goff pueden citarse sobre este interesante tema: primero, el ya citado arriba; le sigue La bolsa y la vida (1986), donde analiza el préstamo con interés, prohibido por las Escrituras y por el derecho canónico. La Iglesia, deudora en tantos aspectos del mundo antiguo, asiente con Aristóteles de que el “dinero no puede engendrar dineros”, y el papa León I agrega que “el beneficio usurario del dinero es la muerte de alma”. El usurero se beneficia sin esfuerzo alguno, incluso durmiendo, contraviniendo el precepto que dice “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. La valorización del trabajo entra en una nueva etapa en la historia de Occidente y, como afirma nuestro autor, contribuye a explicar la expansión de la economía en el siglo XIII.

Y aquí viene, a continuación, su estudio magnífico: el único medio que tiene el usurero de escapar del infierno, es la restitución del dinero ganado con el interés (usura). Lo mejor es que lo haga antes de morir, pero incluso puede todavía salvarse post mortem dejando estipulado la restitución, con lo cual transmite la responsabilidad a los ejecutores del testamento. ¿Pudo suceder así? Este tema divide a los historiadores, pues están aquellos que no creen en la influencia absoluta de la religión sobre la sociedad en esta época, y también están los que, como nuestro autor, aun siendo agnóstico, creen que la influencia de la Iglesia sobre los espíritus y el temor al infierno debieron llevar a muchos a la restitución. Le Goff lo intenta probar indirectamente, a través de los sermones donde se cuentan historias edificantes para enseñar a los feligreses (esto es, a todos), los llamados exemplum, donde el usurero es apuntado con el dedo, despreciado y, finalmente, condenado. Comparable a un actual thiller,es una literatura medieval consagrada a la muerte del usurero.

Pero en la sociedad medieval entraban novedades difíciles de detener: la difusión del dinero y las prácticas monetarias se habían instalado, y con ellas la valorización del trabajo y la importancia del salario. En este contexto, el préstamo a interés, que permitía a muchos campesinos y artesanos iniciar actividades para su subsistencia, desarrollaba la economía y generaba riqueza. Jacques Le Goff demostró brillantemente cómo en el transcurso del siglo XIII y, sobre todo, durante los siglos XIV y XV, se aprecia una rehabilitación del préstamo a interés bajo ciertas condiciones. También, es cierto, surgió el endeudamiento, problema que en el siglo XIII afectaba a todas las clases sociales del Occidente. Una parte de la Iglesia creía necesario salvar a los peores pecadores, y los usureros deseaban seguir siendo buenos cristianos. Esta preocupación aparece en Occidente en la segunda mitad del siglo XII, y se centra en la preocupación prioritaria de todos los cristianos: en el más allá, un más allá intermedio: el purgatorio.

El Purgatorio no está en las Escrituras, y es una creación de la Edad Media, título de un libro magnífico, eruditísimo, inteligentemente pensado y desarrollado: El nacimiento del Purgatorio(1981). La invención consiste en que en el momento de su muerte y durante un período de tiempo proporcional al número y a la gravedad de sus pecados, el cristiano padece en este más allá un cierto número de torturas de carácter infernal, pero se libra del infierno perpetuo gracias a los rezos que en la tierra hacen sus parientes y personas piadosas.

Este tema, como también muchos otros que aborda Jacques Le Goff, se aviene con mi manera de mirar los estudios medievales. Lo que yo hago con los temas es que algunos conceptos que pueden parecer muy especializados, trato de ponerlos en una dimensión más universal. Creo que en esta mirada hay originalidad. De otro modo el Medievo no tiene sentido para los chilenos. Mi convicción es que los europeos deben asumir la especificidad como propia, como historia nacional. En cambio, nosotros debemos apropiarnos de dicha mirada pero llevándola a una dimensión mucho más amplia que es la cultura de Occidente, es decir, historia que se ha dado en llamar “universal”. El propósito es más general, y para plantear esa generalidad, necesito estudiar el pasado medieval desde los casos más puntuales. Entonces, para los europeos mis trabajos tienen una dosis de universalidad que les puede resultar un poco difuso. Para poder enseñar en Chile qué fue el mundo medieval, no me parece sensato ser tan específico. Debo apostar por realizar un esfuerzo de síntesis, y es necesario saber mucho para realizar una síntesis.

Este es, pues, mi trabajo de medievalista. Por estas y otras razones que Jacques Le Goff ha sido para mí uno de los medievalistas más luminosos. Las últimas entrevistas que se convirtieron en libros, han mostrado en síntesis las ideas gruesas que estudió, y de ellos se puede aprender mucho acerca del valor de estudiar esta parte de la historia de Occidente.

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