Observatorio

Fogonazo en la oscuridad

Ana Cruz - Editora

 

Space Invaders (Nona Fernández, 2013) es, además de una novela, un testimonio sobre la generación de la autora y sobre la adultez amputada de los que crecieron en ella, a causa de un dolor constitutivo y colectivo que marca su adolescencia y de una desazón brutal que viene con la llegada de una democracia por la que pelearon, pero que los dejó sin lugar y destruyó sus sueños. En esta novela, además de esa desoladora experiencia común, hay dos hechos que marcan a los protagonistas, generándoles un trauma que los mantiene unidos y anclados a un dolor común. 

Fernández, González, Maldonado, Zúñiga, Fuenzalida, Donoso, Riquelme y tantos otros niños, después adolescentes, comparten formación, amistad, miedos y primeros amores en años de dictadura en un liceo-colegio de Avenida Matta. Una infancia de apellidos y números, de formarse en fila en el patio, todos uniformados, todos iguales, todos a la misma distancia, para repetir el mismo himno, los mismos actos cívicos, el mismo combate naval donde mueren una y otra vez por el honor y la patria. Una juventud donde se ven expuestos permanentemente a un régimen de violencia, de secretos y de orfandad; jóvenes que crecen rodeados de muerte, asesinatos, funerales, detenciones y desapariciones, que tímidamente participan en alguna marcha, lanzando tímidos panfletos en un marco donde conviven el terror y el imperativo de actuar. Son jóvenes que llegan a la adultez arrastrando una carga de daño importante y, sin embargo, parece no ser eso, sino dos hechos posteriores –un asesinato y la develación de un secreto- los que gatillan el trauma, un trauma que configura a posteriori todo lo vivido y resignifica cada detalle de la experiencia anterior como traumático, creando un entramado macabro del que no pueden salir.
¿Pero puede resultar un trauma de un proceso?, ¿no es por definición lo contrario, algo puntual, un cuchillo que se clava en la carne marcando un antes y un después? La respuesta, al menos en esta historia, parece ser que sí.

En Santiago, en 1991, Estrellita González Jepsen, hija de un carabinero y alumna de este curso hasta 1985, es asesinada por su ex marido, el teniente de Carabineros Félix Sazo Sepúlveda, en un hecho altamente recordado de inicios de la transición. “Lo hemos leído en la crónica roja de un diario que se encuentra en una carpeta gruesa, en el estante número cuatro del tercer pasillo de la biblioteca del liceo”. Un asesinato a plena luz del día, un destello que ciega y encandila, una realidad sobreexpuesta de forma casi pornográfica, morbo y precariedad iluminados por los flashes de la crónica roja. Una verdad que enceguece.

En Santiago también, pero en 1994, la justicia determina la culpabilidad de Guillermo González Betancourt –el padre de Estrellita- y otros agentes en el caso degollados. “En la misma pantalla donde antes se jugaba al Space Invaders, ahora aparecen los carabineros responsables de las muertes”. Es un develamiento, la iluminación de un secreto desconocido, un cobertor que se levanta para dejar al descubierto una realidad macabra. Otra verdad que enceguece.

Dos noticias macabras, dos bombazos que caen sobre el ya dañado entramado vital de estos jóvenes, dándole una nueva dimensión de horror a la propia existencia. Ellos jugaron con Estrellita, alguna le escribía cartas, otro estuvo en su casa y vio las manos ortopédicas de su padre, otro la besó, todos estuvieron o desearon estar en el Chevy Chevette rojo del tío Claudio, el mismo desde el que González Betancourt observó cómo éste apuñalaba a uno de los degollados. Es un trauma que empieza con los primeros recuerdos de Estrellita, se gatilla con estos macabros hallazgos y se proyecta hasta la eternidad en los sueños de sus compañeros, que quedan atrapados en medio de la onda expansiva de estas dos detonaciones, ciegos recordando en tinieblas, perdida la vista por la horrible luminosidad. Con este brutal destello que enceguece entran en un tiempo circular, sin presente ni futuro, que no saben si es sueño o recuerdo, memoria propia o colectiva. Atrapados en un pasado que pena y que los condena a recordar por el resto de la eternidad. Un tiempo no lineal de eternas repeticiones. “No sabemos si esto es un sueño o un recuerdo. A ratos creemos que es un recuerdo que se nos mete en los sueños, una escena que se escapa de la memoria de alguno y se esconde entre las sábanas sucias de todos […] pero en nuestro colchón desmemoriado todo se confunde y la verdad es que ahora eso poco importa”.

“Recuerdan”, oníricamente, episodios entrecortados de la adolescencia, episodios que no los dejan escapar. ¿Pero qué clase de sueños son aquellos donde lo soñado es un recuerdo?,  ¿un recuerdo repetido hasta el infinito, uno del que no se puede escapar? ¿Y qué “soñantes” son esos que parecen encarcelados en celdas de confinamiento más que en habitaciones? “Pero las huellas del sueño han quedado en nosotros como las marcas de un combate naval destinado al fracaso. Sigue ahí, penando cada vez que apagamos la luz”.

“A la distancia compartimos sueños”, y no se refiere a ideales, a proyectos de futuro, sino a la presencia espectral, fantasmagórica, de Estrellita González Jepsen, que los visita cada noche. Un sueño doloroso, que los mantiene unidos en la onda expansiva que se detonó con su asesinato y los crímenes de su padre. Esa es la entrada a la adultez que sufren. Cambian sueños por un sueño reiterado, infinito, quedan atrapados en el limbo, condenados a soñar un recuerdo por el resto de la eternidad. “Ahí estamos sumergidos. No sabemos despertar”.

 

Post scriptum

Decía al inicio que Space invaders es también un testimonio. Un testimonio sobre la adultez amputada de los escolares de los 80, de los muertos vivientes en que se transformaron, fantasmas anclados a un trauma colectivo que les impide tener cuerpos, rostros y ojos propios, vidas nuevas posteriores a esa infancia y adolescencia truncadas por la presencia permanente del horror, de la violencia, de los sueños rotos. Seres dañados que sueñan desde piezas oscuras, húmedas, verdosas, con una repetición de la imagen de los colchones que hace pensar en celdas, más que habitaciones. Seres atrapados, ciegos, que se confunden y se funden unos con otros al ser nombrados sólo por sus apellidos, seres que no recuperaron su nombre propio con la adultez, tampoco con la democracia.

Pienso en el documental Actores secundarios, en esa frustración, en ese abandono, en esa dificultad para insertarse… pienso en los padres de los escolares de hoy (que fueron los escolares de ayer) y en la tenacidad con que los esperan afuera de la comisaría, gritando por ellos, abrazándolos, felicitándolos y llevándoselos con la cara llena de alegría y orgullo; pienso en esos hijos que con cada consigna, con cada marcha, con cada petitorio le van devolviendo la vida a sus padres, la confianza, la justa indignación, las ganas de luchar. Esos que con cada toma, con cada discurso los van rescatando del atasco vital en el que quedaron con la vuelta a la democracia.