Observatorio

Doña Lucía, la biografía no autorizada, de Alejandra Matus.

Redactó Daniel Valdivieso, integrante de historiaycultura.cl

Doña Lucía, la biografía no autorizada, puede leerse como un cuento de hadas. Un cuento de hadas atípico y siniestro que narra la historia de Lucía, mujer de un militar de bajo rango que desde niña sueña con ser la soberana de un oscuro reino llamado Chile. Un cuento de hadas que nos revela la infancia, adultez y vejez de la mujer más poderosa de Chile durante diecisiete años. Para ello, la periodista Alejandra Matus realiza un exhaustivo trabajo de investigación sobre la familia de los Hiriart, y a partir de éste, nos introduce en la desconocida historia de la esposa de Augusto Pinochet.

Lucía Hiriart nace en Antofagasta en 1923. Hija de Osvaldo Hiriart, senador del Partido Radical y ministro del interior del presidente Juan Antonio Ríos, y de Lucía Rodríguez Auda, mujer de carácter fuerte e independiente, Lucía vive una niñez acomodada; la vida destinada a las elites provincianas del Chile de la época. Desde pequeña destaca por su personalidad atrevida, que se grafica en una imagen que recuerda su abuela, Gabriela Pinochet (pariente lejana de la familia de Augusto Pinochet), cuando la niña la visitaba en Quillota.

"El desplante y gracia con que aquella chiquilla se paraba en medio de las calles quillotanas levantando el brazo para que los pocos vehículos que circulaban entonces se detuvieran cuando decía – Paren. Yo soy la hija del senador Hiriart".

Más adelante, en 1941, resulta elegida reina de belleza del Liceo Elvira Brady, donde cursa Quinto Año de Humanidades. Con un futuro prometedor por delante, todo parece avanzar en su vida, hasta que a los dieciséis años conoce a un militar de bajo rango llamado Augusto Pinochet Ugarte.

Haciendo caso omiso a los reparos de sus padres, contrae matrimonio con el militar. Pronto se hará evidente que los padres de la joven Lucía no se equivocaban, pues el hallazgo del príncipe azul sólo trae infelicidad y penurias a su hasta entonces cómoda vida. La historia del joven matrimonio está marcada por la escasez de recursos. Mientras su padre Osvaldo Hiriart se encuentra en una ascendente carrera política, ellos están viviendo en Iquique, donde Pinochet ha sido destinado. A las penurias económicas se suma la fuerte insatisfacción que comporta para Lucía la maternidad de sus primeros hijos, y la disconformidad con el rol de mujer de casa que se espera de ella como esposa de un militar.

Pero como buena protagonista de un cuento de hadas, Lucía lucha por su reino. Es ella quién prácticamente obliga a su conformista marido a realizar los estudios necesarios para obtener el grado de oficial de estado mayor, mientras van de destinación en destinación con tres hijos a cuestas, hasta que los sacrificios parecen dar frutos. Pinochet es ascendido, y en 1956 viaja a Ecuador junto a seis oficiales para fundar la Academia de Guerra en ese país.

Esta felicidad es momentánea. Tal como había sucedido con el matrimonio y la maternidad, la nueva situación termina siendo otra fuente de sinsabores para Lucía. El clima de Quito la enferma constantemente, y en sus salidas en solitario Augusto Pinochet no tarda en entregarse a los romances, entre los que destaca el que lo une a Piedad Noé, una joven artista ecuatoriana con quién comienza una relación paralela. Embarazada de su cuarto hijo, y ante la negativa de su marido a dejar a su amante, Lucía vuelve a Chile. Al término de su misión en Ecuador, Augusto se ve atrapado en una encrucijada: quedarse en Ecuador y recibir el rechazo de sus pares militares en Chile, o volver a su carrera militar y vida familiar. Opta por la segunda opción.

A poco de volver a Chile, su mujer queda embarazada por quinta vez. Destinados nuevamente a Antofagasta, los sueños de Lucía de ser reina parecen imposibles de cumplir.

Sumida en una profunda depresión, pasa los días tirada en su cama y rechaza a sus hijos menores, que son asistidos por las mujeres de otros militares que se compadecen de su suerte. Pero es precisamente desde ese estado de podredumbre existencial, que parece reafirmarse el sueño de ese reino imposible de concretar.Desde la bruma de la depresión Lucía sigue soñando con ser reina. Sueña con más fuerzas aún que cuando era niña. Ya no desde la inocencia, sino desde la rabia y la amargura.

En 1964, cuando todo parece perdido, Augusto Pinochet es ascendido a teniente Coronel, gracias a las gestiones realizadas por el padre de Lucía, Osvaldo Hiriart, lo que les permite volver a Santiago. Desde ese momento, Augusto y Lucía aprovechan de viajar y disfrutar los nuevos lujos de su posición, convirtiéndose en perfectos camaleones en la búsqueda del ascenso, lo que se refleja en la actitud servil de Pinochet ante el gobierno de Eduardo Frei Montalva y luego al de Salvador Allende, lo que lo lleva a ser nombrado Jefe del Estado Mayor del Ejército en enero de 1972, y en el obstinado esfuerzo por estrechar lazos con el ministro Tohá y el General Prats(a los que tiempo después dará la orden de asesinar), que llevarán a cabo desde ese momento asistiendo a visitas dominicales a las que no son invitados, y en las que no terminan de ser bienvenidos. Será el mismo Prats quién propondrá a Pinochet cómo comandante en jefe del ejército a Salvador Allende, pero será Lucía la que se asegurará de que su marido tome las decisiones oportunas en la antesala del 11 de Septiembre de 1973, barriendo las dudas de Pinochet a la hora de decidir de qué lado estará en ese momento crucial de la historia de Chile, pero por sobre todo, de su carrera.

Con el golpe de estado comienza el reinado de Lucía. El primer paso para consolidar su poder lo dará pasando por sobre la junta militar para tener una oficina dentro del Palacio de la Moneda, con más de cien personas a su cargo, como la flamante Presidenta de las Organizaciones Civiles. Entre ellas destaca CEMA, desde dónde impone su mirada personal de cómo cree que debe ser Chile. Lucía ya no desea sólo ser reconocida; en su afán de poder desatará su ira contra todo aquel que se atreva a interponerse en su anhelo de protagonismo, figuración, dinero y lujos.

"Lucía Hiriart fue capaz de construir un reino a su escala, con sus reglas, sus caprichos y su séquito. La esposa de Pinochet no fue solamente la mujer detrás del poder: tuvo, también, una mirada personal de cómo debía ser Chile, la que ejecutó a través de CEMA, su propio ejército"

Así comenzará también el martirio y la muerte para muchos de sus antiguos “amigos” y familiares, con los que no tendrá ningún tipo de miramiento. Mientras los asesinatos encargados por Pinochet en contra de los generales enfrentados a él se llevan a cabo y los asesinatos y torturas contra civiles se multiplican por todo el país, Lucía inicia una campaña comunicacional que los muestra ante Chile como una familia modelo, como los padres protectores que buscan lo mejor para él país. Las estrategias comunicacionales serán pan de cada día para ocultar los horrores que la dictadura llevará a cabo en el país. Luego vendrá la historia más conocida: traba estrecha amistad con Manuel Contreras, jefe de la DINA. Trabaja a cargo de la decena de organizaciones civiles donde son obligadas a trabajar las mujeres de militares, alcaldes y funcionarios del régimen. Se obsesiona con la fiscalización de la conducta marital de los funcionarios militares y civiles del régimen, al tiempo que convive con un marido infiel, que se jacta de haber tenido más de mil mujeres. Establece una férrea oposición a cualquier otra mujer que pudiera acaparar poder y opacarla. Se cambia de ropa cuatro veces al día (tiene obsesión por sombreros y zapatos) y sistemáticamente envía circulares a las esposas de los ministros para que nadie imite sus tenidas en los eventos. Su frase de cabecera “¡Hay que hacerlo sin contemplaciones!” marca el quehacer diario.

Da rienda suelta a un consumismo brutal, y sistemáticamente desvía fondos del régimen y de las organizaciones que dirige. En los viajes al extranjero con su esposo destina viáticos de millones de dólares para realizar compras. Inicia la construcción de enormes palacios para la familia, todo con fondos del régimen.

Este es el período en que desata una profusa incontinencia verbal, reflejada en frases como “Si yo fuera la jefa de este gobierno, sería mucho más dura que mi marido. Tendría a todo Chile en estado de sitio”. O “Para que se queja esta niña, si se quemó tan poco”, al referirse al caso en que muere Rodrigo Rojas y donde Carmen Quintana sobrevive con casi un noventa por ciento de su cuerpo quemado.

La biografía no autorizada de Lucía Hiriart es un viaje a la miseria humana. Nos da una idea tan acabada acerca de quién fue esta mujer, de lo despreciable de su persona y su cruzada, y del nivel de influencia que tuvo en las decisiones políticas de su marido, que terminamos sintiendo algo de lástima por Pinochet, uno de los dictadores más brutales de la humanidad. Viejo y enfermo, siguió siendo humillado por su mujer, que le gritaba “¡Déjate de hablar huevadas!”, “Inútil”, “No servís para nada” (Pp, 253).

El trabajo de Alejandra Matus reconstruye el tránsito de Lucía desde que es niña, pasa por el período en que es una mujer amarga sumida en sueños de grandeza, nos enfrenta a la Lucía Hiriart en el apogeo de su reinado, y finalmente nos presenta a la Lucía ya vieja, presa de la soledad, sin las glorias y comodidades de antaño y la amargura de ver destruido el reino que levantó, con Pinochet enfermo y abandonado por sus últimos aliados, decepcionados no tanto por la infinidad de crímenes atroces cometidos contra miles de chilenos, sino por sus comprobados crímenes económicos.

"Lucía ha sufrido la condena de vivir demasiado. Vivir para soportar la pérdida de poder y la soledad de los salones que construyó para desplegar el esplendor de sus trajes de princesa. Vivir para presenciar la desintegración de su familia. Vivir para experimentar el rechazo de la clase a la que tanto quiso pertenecer…Vivir para ver frustrados sus sueños de convertirse en una especie de Eva Perón, amada por los descalzos"

Del reconocimiento con que Lucía soñó, no quedó nada.

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