Observatorio

A propósito de Chilean Electric de Nona Fernández y la construcción de la memoria.

Nicolás Cruz, editor de historiaycultura.cl

 

La abuela le contó a su nieta Nona Fernández, la autora de Chilean Electric, que ella, siendo una niña, estuvo en la Plaza de Armas la noche en que llegó la luz eléctrica por primera vez a Chile. Y se lo contó con tanta propiedad y decisión que su nieta lo creyó durante mucho tiempo, hasta que se percató de que algo no funcionaba ya que su abuela había nacido, para ser precisos, veinticinco años después. Pero una nimiedad como esta no tenía ninguna importancia cuando la abuela le decía que ella había estado ahí el día exacto a la hora precisa.

¡Qué curioso! Yo tuve una abuela que se llamó Blanca y siempre me contaron que le pusieron ese nombre porque nació el año en que se inauguró la luz en Santiago. Esa historia circulaba en mi familia y a todos nos gustaba, hasta que un historiador me dijo que eso no era posible dado que ella había nacido, para ser precisos, ocho años después.  Entonces dijimos que la habían llamado Blanca en recuerdo de ese gran hecho de la historia de Santiago ocurrido poco antes y que fueron muchas las niñas que recibieron ese nombre por el mismo motivo.
           
La abuela, la de Nona Fernández -siempre recreada por la nieta- y la Plaza de Armas, son los personajes centrales de un relato sobre Santiago y sobre Chile que se extiende hasta los tiempos contemporáneos. En ellos se cristaliza el paso de un tiempo que tuvo un momento excepcional en el gobierno de Allende, la dictadura y la posterior ‘reinvención’ de la democracia. Todo contado por un niña que crece sin perder su capacidad de asombrarse y desarrollar la narración desde una sorprendida cercana-media distancia.
           
“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Puede que ese niño haya ido a conocer el hielo cuando este llegó a Macondo, pero puede que no haya sido así y que el coronel no haya querido ser ajeno a aquel momento histórico en que todos, los que estaban presentes y los que no, observaban fascinados la barra que tenían ante sus ojos. En todo caso, una duda como esta le debe haber parecido a Aureliano Buendía una cuestión muy menor dado que los fusileros ya le apuntaban al corazón.
           
Allá fue el hielo, mientras que aquí fue la luz eléctrica, cuya luz espantó a las sombras e hizo que la noche se pareciera al día, tanto que la niña que luego fue abuela “La niña rubia, de tan niña, pensó que la noche se había acabado de golpe, que ya era el amanecer. Pensó que las horas que normalmente tenía a oscuras para dormir se habían diluido bajo los faroles, ya que no estaban, y que en cualquier momento iba tener que volver a la escuela”.
           
Las personas nos apropiamos de los hechos asignándonos una forma de presencia y  participación activa en ellos. Es un mecanismo que ya se fue observado en los antiguos griegos, así como entre los romanos que se había inventado una suerte de presencia en la guerra de Troya, aunque ella tuvo lugar, para ser precisos, unos trescientos cincuenta años antes de que la ciudad de Roma diera sus primeros signos de vida. Se trata de la forma en que se construye la memoria y esa actividad está más cerca de la subjetividad que de la precisión cronológica. En este plano Chilean Electric es un relato muy bien logrado y nos permite señalar que la llegada de la luz a Santiago coincide en día y hora con el momento en que  Aureliano Buendía vio por primera vez el hielo, y a mi abuela la llamaron Blanca.